El carisma está dado por una profundización
del aspecto contemplativo del Evangelio como la forma de lograr
la unión cada vez mas profunda con Cristo. Escuchamos
al Señor que nos dice "cuando vayas a orar, entra
en tu aposento y después de cerrar la puerta, ora a tu
Padre que está allí en lo secreto" (Mateo
5:6). Este es el llamado, la invitación de Cristo a ser
como aquella María que ha elegido la parte buena que
no le será quitada (Lucas10:39-42).
Este llamado se lleva a la práctica mediante
la vigilancia de nuestros pensamientos y emociones, y la meditación
según la tradición Cristiana que nace en el siglo
IV con los Padres del desierto, Juan Casiano y otros que posteriormente
mantienen esta tradición.
Creemos que esa lámpara que es nuestro
Ser brillando con la luz divina, no es para que se mantenga
oculta, sino que debe ser descubierta (Marcos 4:21-22).
Queremos ser los verdaderos adoradores, aquellos
que adoran al Padre en Espíritu y verdad (Juan 4:23).
Ha llegado la hora en que los muertos al Espíritu escuchen
la voz del Hijo de Dios que no cesa de llamar desde las profundidades
del Ser, y los que la oigan resucitarán a una vida nueva
(Juan 5:25).
La meditación permitirá que nos
demos cuenta realmente, que el Reino de los cielos no está
lejos, no es algo imposible de descubrir en esta vida, sino
que está aquí entre nosotros y en nosotros, beberemos
del agua viva que fluye de Cristo mismo en nosotros (Juan 4:14).
También adherimos con decisión al
ecumenismo y al dialogo con las grandes religiones del mundo,
reconociendo en ellas todo lo bueno que tienen. La Salvación
no se concede solo a los que de modo explícito creen
en Cristo y pertenecen a la Iglesia, también alcanza
a aquellos que han sido educados en otras tradiciones religiosas.
"Para ellos, la salvación de Cristo es accesible
en virtud de la gracia que los ilumina de manera adecuada
en su situación interior y ambiental" (S.S Juan
Pablo II, Redemptoris Missio, 10.).
Por esto mismo, el Concilio Vaticano II, después
de afirmar la centralidad del misterio pascual, señala:
"Esto vale no solamente para los cristianos, sino también
para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón
obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos,
y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola,
es decir, divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu
Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma solo
por Dios conocida, se asocien a este misterio pascual".
Juan Pablo II nos dio ejemplo con su incansable
actitud de promover el reconocimiento de "cuanto hay de
verdadero y santo en las religiones de los pueblos". Nos
impulsa a compartir la experiencia religiosa en el ejercicio
de la contemplación aplicando siempre el discernimiento
espiritual para no perder nunca de vista la concepción
de la oración tal como la ilustra la Biblia (Catequesis
en la audiencia general del 19 de mayo de 1999).
Queremos "compartir las riquezas espirituales
en lo que se refiere a la oración y la contemplación,
la fe y las vías de búsqueda de Dios y del Absoluto"
(Catequesis en la audiencia general del 19 de mayo de 1999).
Seremos "coherentes con las propias tradiciones
y convicciones religiosas y abiertos para comprender las del
otro" (S.S Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 56).
Nos hacemos eco del llamado que nos hizo Juan
Pablo II: "Todos los fieles y las comunidades cristianas
están llamados a practicar el diálogo, aunque
no al mismo nivel y de la misma forma. Para ello es indispensable
la aportación de los laicos que con el ejemplo de su
vida y con la propia acción, pueden favorecer la mejora
de las relaciones entre los seguidores de las diversas religiones.,
mientras algunos de ellos podrán también ofrecer
una aportación de búsqueda y de estudio"
(S.S Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 56).